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Púlpito, confesionario y silencio: la orden de 1811 para combatir la insurgencia en Saltillo – vanguardia.com.mx

Las armas matan. Intimidan. Obligan. Pero ningún poder se sostiene únicamente con pólvora. También necesita controlar los relatos, los símbolos, las palabras que pasan de boca en boca y las ideas que encuentran dónde arraigarse. Porque la inconformidad, cuando se contagia de lo personal a lo comunitario, puede convertirse en algo bastante más peligroso que un fusil.
En Saltillo, hace más de dos siglos, durante la guerra de Independencia, alguien lo entendió muy bien.
El 30 de mayo de 1811, cuando los principales caudillos insurgentes ya habían sido capturados, desde Monterrey fue expedida una orden dirigida a los curas párrocos, ministros de doctrina y demás eclesiásticos del obispado.
Tenían que combatir las ideas de la rebelión y hacerlo más allá del sermón.
La instrucción era intervenir “en el púlpito, en el confesionario y aun en las conversaciones familiares”.
Ya habían capturado a algunos de los hombres que encabezaron el levantamiento, pero las ideas seguían sueltas.
Una copia de aquella orden quedó asentada en los folios 173 y 174 del Libro de Gobierno de San Esteban correspondiente a los años de 1777 a 1820.
El historiador Arturo Eduardo Villarreal la recuperó y paleografió en su trabajo Documentos del Archivo Parroquial de San Esteban relativos al movimiento insurgente, incluido en el libro La Independencia y el problema de Texas. Dos eventos en Coahuila, publicado en 1997 por el Archivo Municipal de Saltillo y el Patronato de Amigos del Patrimonio Histórico.
Estamos acostumbrados a recordar la Independencia mediante ejércitos, fusiles, traiciones, batallas, fusilamientos y personajes convertidos en monumentos o nombres de calles. Pero ese viejo archivo permite verla desde otro lugar, más íntimo y menos heroico.
La preocupación de quienes redactaron la circular era explícita. Advertían que todavía había personas “imbuidas en ideas subversivas y erradas” y atribuían parte del problema al “trato familiar y pernicioso de los insurgentes”.
Hagamos un breve repaso en esta entrega de Historias de Saltillo.
Para finales de octubre de 1810, las noticias del levantamiento iniciado en Dolores y San Miguel el Grande habían alcanzado esta región. Un expediente del Archivo Municipal de Saltillo, reproducido en septiembre de 2014 por la Gazeta del Saltillo, conserva el testimonio de Manuel María de Abreu, quien llegó a la villa para participar en la feria y encontró a las autoridades y comerciantes preocupados por las consecuencias de la rebelión.
El llamado cuerpo del comercio se puso sobre las armas. Una guardia nocturna de 40 españoles armados vigiló para contener posibles desórdenes. Abreu ofreció 200 pesos para armamento y monturas, cantidad que después fue utilizada para fabricar lanzas para una compañía de lanceros.
El Ayuntamiento, además, temía que la gran cantidad de personas reunidas por la Feria de Saltillo facilitara robos, muertes y otros excesos. El documento está registrado en el Fondo Presidencia Municipal, caja 59, expediente 39, del Archivo Municipal.
José Mariano Jiménez avanzó primero hacia el norte. Una reconstrucción publicada por José Luis González Gómez en la Gazeta del Saltillo refiere que a finales de diciembre marchaba hacia esta región con miles de hombres y artillería.
Tras derrotar el 7 de enero de 1811 a las fuerzas que intentaron detenerlo, entró a Saltillo al día siguiente y desde aquí continuó extendiendo el movimiento hacia otros puntos de Coahuila, Nuevo León y Texas.
La rebelión dejó entonces de ser una noticia proveniente de lugares remotos.
Después llegó Ignacio Allende. La misma investigación señala que arribó el 24 de febrero acompañado por hombres de su ejército y fue recibido con manifestaciones de regocijo. Miguel Hidalgo apareció poco después.
La crónica citada por González Gómez sitúa su entrada durante la madrugada entre el 26 y el 27 de febrero, aunque otras fuentes presentan variaciones sobre las fechas exactas y por eso no vale la pena convertir este artículo en una pelea de calendario.
Durante algunas semanas los habitantes de Saltillo convivieron con los insurgentes.
La Gazeta recoge escenas particularmente interesantes de aquellas semanas: tertulias nocturnas, boleras acompañadas por vihuela —un instrumento musical de cuerda que, dicho de manera burda para reconocerlo con facilidad, se parece a una guitarra— y gente participando en los festejos.
La presencia insurgente no se limitaba, pues, a los soldados o a las decisiones militares. También comenzaba a ocupar la vida cotidiana y el espacio público.
Una de esas celebraciones dejó una escena particularmente reveladora. La crónica señala que, tras asumir el mando del ejército insurgente, Ignacio Allende salió a uno de los balcones de las Casas Reales y desde ahí arrojó seis mil pesos en monedas de plata a la multitud reunida en la plaza. Abajo, entre el festejo por el nombramiento del nuevo jefe insurgente, la gente se disputaba las monedas. Después vendrían la misa, las iluminaciones y hasta las corridas de toros.
El episodio puede parecer apenas pintoresco, pero ayuda a entender algo importante: durante unas horas, la insurgencia no solo controló militarmente Saltillo, sino que se convirtió en una experiencia pública, visible y compartida. Produjo imágenes, recuerdos y formas de adhesión que podían sobrevivir incluso después de que sus dirigentes abandonaran la villa.
No hay necesidad, sin embargo, de romantizar la escena ni de imaginar una ciudad completamente entregada a la insurgencia.
De hecho, los documentos muestran resistencias importantes entre los sectores dirigentes. Precisamente esa convivencia entre entusiasmo, oposición y circulación de nuevas ideas ayuda a entender por qué, una vez capturados los principales caudillos, todavía existía preocupación por aquello que habían dejado detrás.
También desde Saltillo ocurrió uno de los episodios más conocidos de esta estancia. El 28 de febrero llegó la propuesta de indulto promulgada por el virrey Francisco Xavier Venegas. Hidalgo y Allende rechazaron acogerse a ella y firmaron su respuesta el primero de marzo.
Entre las frases recuperadas por la documentación aparece aquella que advierte que el indulto corresponde a criminales y no a quienes se consideran defensores de la patria.
Pero Hidalgo no es realmente el protagonista de esta historia. Lo interesante empieza cuando se va.
A mediados de marzo, los principales dirigentes abandonaron Saltillo para continuar hacia el norte. La reconstrucción de la Gazeta señala que el 16 de marzo salió Hidalgo acompañado por una escolta y que después lo hizo Allende con la caravana de caballos, cañones, carruajes, mulas, soldados, religiosos y acompañantes. Pasaron por Santa María, Mesillas y Anhelo antes de seguir su marcha.
El viaje duró poco.
El 21 de marzo de 1811, Miguel Hidalgo, Ignacio Allende y otros integrantes del movimiento fueron capturados por fuerzas realistas en Acatita de Baján. La fecha aparece también en documentación reproducida por la Gazeta del Saltillo a propósito de una solicitud posterior para cobrar la recompensa ofrecida por la aprehensión de los caudillos.
El golpe fue enorme.
Los hombres que pocas semanas antes caminaban por Saltillo estaban presos. Algunos serían fusilados meses después. La ruta insurgente hacia el norte había quedado rota.
Uno supondría que con eso bastaba. Pero entonces llegamos otra vez al 30 de mayo.
Poco más de dos meses después de Baján, la autoridad eclesiástica seguía preocupada porque había gente influida por los insurgentes.
Leída dos siglos después, la instrucción parece avanzar de lo público hacia lo íntimo, tratando de cubrir casi toda la escala posible de conversación de aquella sociedad: lo que se decía ante muchos, lo que podía discutirse individualmente y aquello que circulaba en el entorno doméstico.
No necesitamos llamarlo propaganda, guerra cognitiva o cualquier otro término contemporáneo que suene más sofisticado que el propio documento.
Y tampoco se trataba solamente de una recomendación bondadosa para los sacerdotes. La orden se emitía bajo “pena de santa obediencia” y contemplaba sanciones para quienes no atendieran las disposiciones. El propósito final era combatir aquellas ideas hasta conseguir “el mayor silencio” alrededor de la insurrección.
La existencia del documento no demuestra que todos los sacerdotes obedecieran. No sabemos exactamente qué dijo cada cura desde el púlpito. Tampoco sabemos qué ocurrió dentro de los confesionarios ni podemos afirmar que existiera espionaje de las confesiones o ruptura de su secreto.
Los insurgentes habían incorporado a Nuestra Señora de Guadalupe entre sus símbolos y el documento eclesiástico reprochaba precisamente ese uso de la devoción, mencionando el grito en favor de la Virgen dentro de la causa rebelde.
Así que no solo se peleaba por territorios.
También por los símbolos.
Y aquí aparece otra ironía de los documentos. Palabras como patria, religión o nación tampoco pertenecían a un solo bando. Los insurgentes las utilizaban para defender su causa, pero los grupos fieles a la Corona también podían hablar del Rey, la Patria y la Religión. El expediente de Manuel María de Abreu, por ejemplo, presenta su contribución armada precisamente como un servicio a esos principios.
Las palabras tampoco tenían un solo dueño.
Ni siquiera San Esteban era únicamente el escenario pasivo donde por casualidad terminó archivada aquella circular.
La investigación de Villarreal muestra que su Libro de Gobierno conservó durante aquellos años órdenes, comunicaciones, disposiciones políticas, noticias e información relacionada con la insurgencia. El sitio donde se administraban sacramentos también formaba parte de los circuitos por donde circulaban las decisiones de la autoridad.
La historia podría terminar ahí. Con Hidalgo capturado, la rebelión golpeada y una orden que pretendía contener aquello que seguía diciendo la gente.
Pero Saltillo nos ofrece un cierre mucho mejor, solo que hay que avanzar diez años.
La guerra había dejado consecuencias económicas profundas. La Gazeta del Saltillo documenta que la Caja Real había recogido cartas de crédito pertenecientes a comerciantes de la región, mientras distintas cargas económicas eran impuestas para sostener a las milicias y sectores de poder antes contrarios a los insurgentes comenzaban a resistirse a continuar financiando a la Corona.
José Miguel Lobo Guerrero es un ejemplo particularmente interesante. En 1811 había sido enemigo del movimiento de Hidalgo; años después, obligado a entregar un préstamo forzoso de 58 mil pesos y parte de su cosecha para mantener a las tropas, se negó a continuar cooperando económicamente con España. Otros miembros de los grupos político y económico siguieron ese camino.
Quienes se benefician de un orden suelen ser también quienes más empeño ponen en conservarlo. No siempre por convicción, sino porque perder ese orden puede significar perder influencia, riqueza o poder.
Pero cuando sostenerlo comienza a costar demasiado, las lealtades se vuelven menos firmes. Eso ocurrió también en Saltillo: sectores que primero combatieron la insurgencia terminaron alejándose de la Corona cuando el régimen comenzó a exigirles más de lo que estaban dispuestos a entregar.
El 1 de julio de 1821, granaderos encabezados por José Juan Sánchez Navarro y Simón de Castro, junto con vecinos prominentes y el cura José María Cevallos, proclamaron la Independencia en la Plaza Real de Saltillo.
Habían pasado apenas diez años desde aquella orden que pretendía combatir las ideas insurgentes desde el púlpito, el confesionario y las conversaciones familiares.
Ahí está la derrota más profunda de aquella circular. El poder pudo capturar a los insurgentes, fusilar a sus dirigentes, amenazar con sanciones y exigir silencio. Lo que no pudo controlar fue hasta dónde podía llegar una idea una vez que había encontrado lugar en la conversación y en la indignación de la gente.
Pero esa circulación por sí sola no explica el desenlace. Las ideas necesitan condiciones materiales donde arraigarse. En Saltillo, la guerra, los préstamos forzosos y las cargas económicas del régimen fueron erosionando lealtades. La Independencia avanzó también cuando el viejo orden comenzó a perjudicar los intereses de quienes antes lo sostenían.
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César Gaytán
Lector, escritor, periodista y diseñador de contenidos digitales, César Javier Gaytán Martínez es actualmente Coordinador de Innovación Editorial en Vanguardia. Desde esta posición, lidera proyectos de experimentación narrativa, mejora de procesos, creación de nuevos contenidos e implementación de inteligencia artificial en la redacción.
Escribe mensualmente para Historias de Saltillo, una sección dedicada a explorar la memoria colectiva de la ciudad. También coordina Rodeo Capital, una revista enfocada en la cultura western y la vida vaquera, y asesora proyectos de contenido patrocinado. Además, gestiona las entrevistas semanales que se publican en A La Vanguardia y, desde 2019, impulsa la creatividad y metodología en las ediciones anuales de Círculo de Oro.
Como narrador, César escribe sobre tecnología, cultura pop, ciencia ficción e historias híbridas que combinan el surrealismo con lo cotidiano.
Interesado en el periodismo narrativo, busca personajes inusuales, momentos íntimos y relatos que desafían lo convencional. Sin embargo, a pesar de todo eso, siempre elige la ficción para entender el mundo.
Reflexiona con angustia sobre el lenguaje, la literatura, el periodismo y el diseño de futuros.
Es, además, un aspirante a patafísico.

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